Llamada a la Conversión




25 de mayo de 2017

“Queridos hijos, el Altísimo me ha permitido invitarlos de nuevo a la conversión. Hijitos, abran sus corazones a la gracia a la que están todos invitados. Sean testigos de la paz y del amor en este mundo inquieto. Su vida aquí en la Tierra es pasajera. Oren para que a través de la oración anhelen el Cielo y las cosas del Cielo, y sus corazones verán todo de manera diferente. No están solos, yo estoy con ustedes e intercedo ante mi Hijo Jesús por ustedes. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”



La llamada constante que nos hace nuestra Madre a la conversión, está fundada en la esencia de su Maternidad, que es el Amor de Dios, único camino que nos conduce a una auténtica felicidad.
Como Madre quiere que sus hijos lleguen a la casa Paterna, para participar del banquete celestial de su Hijo,  cuyo sacrificio en la Cruz, nos alcanza la salvación, dándonos pruebas evidentes de su amor.
Dejar radicalmente todo lo que nos aleje del Señor, para vivir profundamente transformados por el Corazón de Cristo, define una verdadera conversión y un camino de Bienaventuranza.
Fuimos llamados para vivir la alegría esperanzadora, de conocer y amar un bien verdadero, que inunde de tal modo nuestro ser, que fácilmente  juzguemos  que nada más nos hace falta. El bien verdadero es Dios y “quien a Dios tiene nada le falta”(Santa Teresa de Ávila).
Solo el amor  Divino es pleno, generoso y compasivo. Buscar fuera de Dios la verdadera felicidad es una pérdida. Solo Cristo es la verdadera alegría: “Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo” (Filipenses 3,8)
Pero así como los pulmones de un niño recién nacido no se expanden sino es por  impulso del oxígeno que recibe, así nuestra  alma no respira el cielo, la paz y el amor, sino es por el impulso de la oración. Cuando el alma se oxigena con la oración, que es la brisa celestial, recupera la visión de la inocencia perdida por la soberbia del pecado, y reconoce el reflejo del cielo, en la mano providente de Dios, que se manifiesta en cada don recibido en la tierra.
La oración es el remedio, para quien se ha enfermado, con la confusión de la mentira y la esclavitud de la arrogancia. La oración es el lenguaje, cuyos sonidos y palabras son donados por el Espíritu Santo, para superar los límites del idioma y las diferencias personales. La oración es consuelo para las heridas que no cicatrizan con terapias o el paso del tiempo. La oración quita la ceguera del abatido y del pesimista: “Oren… y sus corazones verán todo de manera diferente”.
No cerrando el alma a los regalos de la gracia y aprendiendo de nuestra Madre Santísima, que meditaba todo en su corazón (Lc. 2, 51), creceremos en  los caminos de la verdadera oración, ya que  “cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres” (Catecismo 2679).
Los caminos de conversión, que todos necesitamos, son caminos de oración, y no hay oración eficaz sin anhelos de conversión. La Santa Maternidad, de la Reina de la Paz, es el mejor lugar donde podemos asegurar los medios y los frutos que anhelamos. Nuestra Madre lo confirma: “No están solos, yo estoy con ustedes e intercedo ante mi Hijo Jesús por ustedes”.



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